martes, 2 de agosto de 2016

LAVARSE LAS MANOS NO LIMPIA LA CONCIENCIA

Según cuentan los evangelios, Poncio Pilato dejó la sentencia que marcaría el destino de la vida de Jesús en manos del pueblo. Al hacerlo, lo que hizo fue renegar de cualquier tipo de responsabilidad sobre lo que ocurriese: lavarse las manos lo alejaba de las consecuencias de la elección y de cualquier interés por la situación.

Esta expresión, transmitida a lo largo del tiempo, forma parte de nuestro lenguaje más cotidiano y se usa, normalmente, con un matiz negativo: “yo me lavo las manos” o, lo que es lo mismo, “niego todo compromiso con lo que pueda suceder y me exculpo de antemano”. Como sabemos, se emplea sobre todo cuando alguien es consciente de que existe una gran presión para que de todas las opciones que hay detrás de una decisión, se opte por una.

“No soy responsable de la sangre de este hombre”
-Poncio Pilato-

Por eso es una acción que molesta: porque lavarse las manos es un acto de cobardía que deja caer todo el peso de una situación sobre los hombros de los demás. Ahora bien, tarde o temprano se paga: es probable que alivie la carga pero solo lo hará momentáneamente, ya que la conciencia se ensucia y el comportamiento se mancha.

Es más fácil eludir responsabilidades que consecuencias

Todas las decisiones necesitan a alguien detrás que responda por ellas, de otra manera es muy complicado que sean tomadas con responsabilidad y ética. Esto es algo que tenemos presente, ya que cuando nos encontramos en alguna situación complicada, puede aparecer la tentación de compartir el peso de la decisión que no nos gusta.

En estos casos, comunes en el entorno familiar o de trabajo, lo que ocurre es que alguien elude tomar decisiones, buscar soluciones o afrontar los malos momentos: requiere menos esfuerzo y es más sencillo. Sin embargo esa persona se olvida de que, por acción u omisión, está dentro del problema y las consecuencias terminan llegando.

En otras palabras, mostrar desinterés por algo que le incumbe no hace a nadie libre de ello y puede que después termine quitándole el sueño: la conciencia es un valioso juez que valora el comportamiento y dictamina sus propias sentencias.

Un experimento científico

Tal y como cuenta el diario ABC, los estudios revelan que lavarse las manos (literalmente) después de un momento conflictivo reduce el malestar y justifica la forma de actuar: el agua parece ayudar con el sentimiento de culpa y con el remordimiento. La Universidad de Michigan realizó un experimento para comprobarlo.

Lo que hicieron fue dar a un grupo de personas una serie de CDs y les hicieron ordenar diez en base a sus preferencias: tras ello se les dijo que tenían que elegir para ellos el que habían puesto en quinta posición o bien el que habían puesto en sexta posición. Acto seguido, la mitad de los participantes se lavó las manos con jabón y la otra mitad examinaron un bote de jabón. Cuando terminaron, los dos grupos tuvieron que re-ordenar los CDs.

Los que habían pasado sus manos por el agua mantuvieron su orden inicial de CDs, mientras que los que no lo habían hecho colocaron el CD que habían elegido entre los primeros y el que habían descartado entre los últimos.

Los investigadores entendieron que aquellas personas que se habían lavado las manos no tenían la necesidad de justificar la decisión que habían tomado entre los dos CDs, sin embargo los que no se lavaron las manos re-ordenaron los CDs porque tenían la necesidad de justificar su decisión. Pusieron al que había elegido como mucho más preferido que la que habían descartado.

Lavarse las manos no es tenerlas limpias

En el mismo sentido que el experimento podría encontrarse el uso del agua en ambientes religiosos: un símbolo de purificación del alma que ayuda a redimir los pecados. Entonces es probable que la expresión, desde Poncio Pilato, no solo recogiera la acción de quitarse responsabilidades sino también de disminuir los remordimientos por ello.

Sin embargo, en la práctica lavarse las manos no siempre las limpia: todos hemos cometido alguna vez el error de querer desentendernos de algo, incluso por la sencilla razón de que nos estaba superando. Lo cierto es que, después, esa decisión nos ha acompañado como un lastre con el que hemos tenido que luchar.

“La conciencia es la voz del alma; las pasiones, la del cuerpo”
-Shakespeare-

Tener una mala conciencia, de hecho, es como tener un mal amigo del que es casi imposible liberarte. La moral ética nos hace darnos cuenta de que no hemos actuado bien y no nos deja descansar tranquilos hasta que no hemos recuperado nuestra paz interior. La conciencia cuando se ensucia nos enseña a crecer con los errores, a ganar en solidaridad y a renovar valores.


Fuente: https://lamenteesmaravillosa.com/lavarse-las-manos-no-limpia-la-conciencia/


domingo, 31 de julio de 2016

ALIMENTACIÓN EMOCIONAL, LA COMIDA QUE “LLENA EL VACÍO”

Comer dulces tras una ruptura amorosa, devorar la comida en momentos de tensión, excedernos en las cantidades a pesar de que es suficiente para nuestro cuerpo, etc. Esa es la alimentación emocional, una costumbre para la cual no hay mejor definición que los ejemplos.

Creemos que “ser personas normales” equivale a estar en estado de alerta respecto a la comida, que debemos tener terror al chocolate y a la nata, convencidos de que si pudiésemos llegar a manejar “esa feroz hambre interior” alcanzaríamos la armonía. Extraemos de aquí que en muchas ocasiones comer se convierte en una metáfora entre la forma en que vivimos y la manera en la que gestionamos nuestras emociones.

Sin embargo, en muchos casos de ingesta compulsiva la comida funciona como una cortina de humo que no nos deja ver el verdadero problema: la pérdida de control emocional por la necesidad de llenar el vacío relativo a otros ámbitos de nuestra vida.

La relación entre las carencias afectivas y la comida

La comida se puede convertir en sustituta del equilibrio emocional. ¿Cuántas veces hemos pagado nuestras frustraciones dándonos un atracón o comiendo helado de chocolate? La compulsión que nos guía a la hora de comer es, muchas veces, la desesperación a nivel emocional.

Las dietas no funcionan porque la comida y el peso son los síntomas, no el problema. Digamos que el hecho de concentrase en el peso es una manera de no prestar atención a las razones por las cuales tantas personas recurren a la comida cuando tienen hambre. Esto, naturalmente, es reforzado por nuestra sociedad, la cual focaliza su atención en los kilos de más y en las calorías consumidas.

Parece, además, que la pérdida de peso y la consecución de una figura bonita provocará en nosotros la liberación emocional de los hechos dolorosos que hoy nos atormentan. Geneen Roth, autora especializada, hace hincapié en que el exceso de peso es, en sí mismo, un síntoma y que aunque logremos variarlo si no atendemos a las razones de fondo seguiremos sintiéndonos desdichados (y generando grandes fluctuaciones). Os acerco un pasaje que ilustra muy bien esta cuestión:

Alguien acudió una vez a uno de mis seminarios después de haber perdido treinta y cuatro kilos haciendo dieta. Se plantó delante de ciento cincuenta personas y dijo con voz temblorosa:

—Me siento como si me hubieran robado. Me han arrebatado el mejor de mis sueños. Yo creía realmente que al perder peso, mi vida cambiaría. Pero lo que ha cambiado en mí ha sido solamente lo externo. El interior continúa siendo el mismo. Mi madre sigue estando muerta, y sigue siendo cierto que mi padre me pegaba cuando era pequeña. Todavía estoy enojada y me siento sola, y ahora ya no tengo la ilusión de adelgazar.

El círculo vicioso de la alimentación emocional

De alguna manera la preocupación por nuestro cuerpo enmascara preocupaciones aún más profundas, alimentando esto un círculo vicioso de preocupaciones que no se resuelven y que frenan nuestra capacidad de crecer y desarrollarnos.

Para algunos autores el verdadero problema del exceso de peso y de la alimentación emocional es que la comida se convierte en sustituta del amor. Así, como afirma Geneen Roth, “Si dejamos de alimentar al niño maltratado que hay en el interior del adulto solitario podremos nutrir el amor y dar lugar a la intimidad.

De esta manera liberaremos el dolor de la vida pasada y nos instalaremos definitivamente en el presente. Sólo si nos concedemos un espacio para la intimidad y el amor aprenderemos a disfrutar de la comida y dejaremos de usarla como un sustituto”.

En ciertos momentos creemos que comer nos salvará de nosotros mismos, del odio que sentimos, de la angustia de ser quiénes somos y lo de que nos provoca todo aquello que es y no queremos que sea. Esto es una especie de pensamiento mágico que refuerza un círculo vicioso que nos atormenta.

Cuando comemos de manera desequilibrada estamos cuidando mal de nosotros mismos y de nuestro presente. Pero, como decimos, desahogarnos a través de la comida y subir de peso es, muchas ocasiones, solo un síntoma que se recrea en un círculo vicioso. Así, en este sentido, cada vez que comemos de manera compulsiva, estamos reforzando la creencia de que la única forma de tener lo que queremos es dándonoslo nosotros mismos a través de la nutrición.

Por eso, cada vez que damos pie a una ingesta excesiva como consecuencia de un desequilibrio emocional, reforzamos esa desesperanza asociada a nuestro problema que provoca un descontrol aún mayor. Un círculo vicioso en toda regla que se retroalimenta una y otra vez, pues la necesidad de comer nos grita cada vez más, “tapando” así el problema de origen.

La alimentación emocional, sobreingesta o desequilibrio nutricional nos sirve muchas veces como sostén imaginario; o sea que podemos llegar a usar la comida para mantener en pie las cuatro paredes de nuestra casa.

Aumentar y bajar de peso o estar siempre a dieta es como estar en una montaña rusa emocional de manera constante. Una persona que usa la comida para guarecerse se embriaga sin cesar a través del caos, de la intensidad emocional y del dramatismo. Porque, como hemos comentado, comer compulsivamente refleja la escenificación del sufrimiento.


Fuente: https://lamenteesmaravillosa.com/alimentacion-emocional-la-comida-que-llena-el-vacio/


viernes, 29 de julio de 2016

ES HORA DE ENFRENTAR NUESTROS DEMONIOS INTERNOS

“Todos cargamos con nuestros demonios todos los días, sólo que algunos los tienen encerrados en botellas porque no saben cómo lidiar con ellos.”
— Revaunde

Hoy quiero hablar de los demonios, más específicamente aquellos demonios internos que todos tenemos. No, ¡no te asustes! No son enemigos que hay que vencer, son simplemente aspectos de la vida que es necesario dominar, y que de hecho pueden ser dominados. Estos demonios tienen como labor exclusiva sabotear todos nuestros intentos por tener éxito, dejar viejos vicios inútiles y adquirir nuevas costumbres que nos llevan al triunfo.

A lo largo de nuestra vida, vamos asimilando vivencias, recuerdos, experiencias, frustraciones, sinsabores, alegrías, tristezas… Y así la lista sigue haciéndose enorme pues a cada momento nuestro organismo está en contacto con el medio y se encuentra creando registros de lo que acontece dentro y fuera de nosotros. Muchas de estas cuestiones asimiladas se convierten en introyectos (lo cual significa hacer nuestra una idea, una emoción, un pensamiento), y al volverse introyectos, se vuelven inconscientes. Es decir, son sepultados en lo más recóndito de nuestra memoria, pero no por eso dejan de influenciarnos, pues queramos o no el inconsciente tiene una enorme injerencia en nuestra vida, al punto que a veces llamamos a algunos actos realizados bajo su influjo como acciones realizadas por “casualidad”…

Ahora bien, este cúmulo de situaciones almacenadas en nuestro interior no son fácilmente identificables y accesibles, solamente se expresan bajo circunstancias concretas y particulares en las que las posibilidades de aprender son maravillosamente enormes. Volviendo a esos introyectos, por el hecho de ser inconscientes y gobernar nuestra vida en el plano inconsciente, están revestidos de una cara oscura debido a que pueden hacer colapsar el estado de equilibrio en que nos encontramos al jugar totalmente en nuestra contra, en detener nuestra progresión. Precisamente estos introyectos de situaciones tristes, dolorosas o desagradables no elaborados o superados, se convierten con el paso del tiempo, en nuestros DEMONIOS INTERNOS.

Los demonios internos son aquellos miedos que nacen en el interior de una persona y que a lo largo de su vida se desarrollan hasta hacerlos poderosos por los atributos conferidos. El miedo es energía, una energía poderosísima que logra paralizarnos y si le damos cabida puede comprometer nuestro futuro y bloquear nuestra capacidad para triunfar. Y es precisamente así, al abrigo del miedo y del temor que se presentan nuestros demonios internos.

Nos paralizamos ante una persona hermosa, nos paralizamos ante una oportunidad de trabajo, al hablar en público y tener que presentar un proyecto, nos nublamos, no podemos pensar con claridad y terminamos equivocándonos, o peor aún, no atreviéndonos.

Esto nos explica que los demonios no sólo se limitan a seres malignos o a los ángeles caídos, sino que, son las emociones destructivas que pueden hacer verdaderos estragos en nuestras vidas convirtiéndonos en personas infelices, e incluso hasta perversas. De ahí, la importancia que desde la muy tierna infancia nuestros padres o bien las personas que están a cargo de los infantes sean personas con una inteligencia emocional buena; esto es emocionalmente competente para guiarnos en el control y canalización de nuestras emociones.

Todos, absolutamente todos, tenemos nuestros demonios personales, que se vinculan a hechos muy puntuales en nuestra historia y con nuestros puntos débiles. Aparecen para distraernos en nuestro camino, para impedirnos progresar y mejorar. Ellos nos hablan al oído y nos empujan a hacer cosas absurdas, insensatas o de plano estúpidas.

Ahora bien, como buenos seres humanos, siempre tenemos un pretexto para justificar el por qué dejamos a esos demonios instalarse en nuestra vida. Generalmente apelamos a alguna carencia, que en teoría es subsanada por nuestro erróneo comportamiento: “Es que estoy muy solo”; “Nadie me comprende”; “Perdí la cabeza y disparé(metafóricamente)”; “La suerte nunca está de mi lado”, etc.. Hay tantas excusas como miserias humanas. Pero generalmente apelamos a que nos falta algo para disculpar o al menos argumentar el surgimiento de nuestros diablillos

¿Cómo se manifiestan estos demonios?

Estos demonios manifestados en tipo de frecuencias o emociones de baja vibración, una vez que entran en nuestras vidas van mermando nuestro tono emocional y poco a poco nos marchitamos como una flor. Perdiendo la alegría de vivir, no hay armonía en nuestras relaciones y cada vez nos alejamos más de conseguir nuestros sueños. Entre las frecuencias mas comunes están: la culpa, la inseguridad, los vicios, el miedo, el narcisismo, los traumas, la ansiedad, la timidez excesiva, el egoísmo, la ira, la tristeza, la vanidad, la envidia, la soberbia, la anorexia, la bulimia, la preocupación, la pereza, la depresión, la vergüenza, la desconfianza entre otras tantas.

¿Y qué hacer para lidiar, combatir o debilitar a estos demonios internos?

Primeramente, es importante hacer un balance de nuestras vidas y ver en que áreas nos están afectando y luego pasar a la acción para excluirlas. Reconocer y saber que demonios están causándonos mal no es suficiente, hay que combatirlos mediante el cambio. Y este consiste en una nueva forma de pensamiento, es decir, reprogramarnos positivamente. Los resultados más inmediatos que obtendremos son que nuestras actitudes dejaran de ser temperamentales, y nos conduciremos con mayor mesura e inteligencia. Necesitamos también una buena dosis de fe, de voluntad y de amor. Y es precisamente, este último nuestro mejor antídoto para luchar contra estos demonios. Si el amor esta presente en nuestras vidas hasta las pruebas más adversas las encararemos con gran fortaleza. Cabe recordar, que en esta guerra contra los demonios internos el papel de nuestra autoestima juega un papel primordial.

No olvides que el conocimiento de uno mismo es el método más valioso para poder identificar a estos demonios que llevamos dentro, para vencerlos y procurar que esa cara oscura se convierta en energía creadora, en energía capaz de ayudarnos a sobreponernos a las adversidades por muy duras que sean. ¡Pero ojo! Este conocimiento es doloroso, viajar a lo más recóndito de nuestra estructura personal y mental puede ser peligroso para nuestro yo interno porque conocerás cosas de ti que no sabías quizá que existían, pero es un viaje que debemos emprender si lo que queremos es evolucionar como personas, si queremos vencer nuestros límites y llevarlos más allá.

Es una lucha tremenda, a brazo partido, un choque titánico que requiere mucho esfuerzo de parte nuestra; nos exige la apuesta más alta, apostar por nosotros mismos a pesar de todo… Cada poco que intentemos avanzar para combatir o dominar a un DEMONIO INTERNO, todos los demás se unen y conspiran, buscarán derribarnos, detenernos, herirnos en el lugar que más nos duele; sin embargo, a pesar de esos golpes y ese dolor que nos hace caer, no podemos hacer otra cosa sino levantarnos para seguir avanzando. Que va a costar, claro que sí. Que es difícil, muchísimo. Que en el camino podemos pensar abandonar, puede que sí, pero si abandonas te condenas a vivir bajo el temor y la duda que siembran nuestros DEMONIOS INTERNOS.

A pesar del enorme dolor que significa volver a abrir heridas del pasado para derribar nuestros DEMONIOS INTERNOS hay buenas noticias, cada vez que nos levantamos de sus intentos por derribarnos con terribles golpes que nos infringen las heridas más horribles, nos volvemos más fuertes, más estables, menos temerosos y más aptos para continuar la lucha. ¿Y qué pasa con ellos? ¡SE DEBILITAN Y DEJAN DE JODERTE LA VIDA! TE PERMITEN SER FELIZ, O AL MENOS INTENTAR IR EN BUSCA DE LA FELICIDAD…

“Hace un tiempo que no recorría estos pasillos de demonios y sombras, pero de vez en cuando es sano quemarse un poco en tu propio infierno, te recuerda a dónde puedes regresar si vuelas muy alto o muy bajo.”

Fabian Malaver
Escrito por: KarlaGalleta




Fuente: https://soyespiritual.com/autoconocimiento/enfrentar-demonios-internos.html

miércoles, 27 de julio de 2016

LA TRISTEZA DEL AMARGADO ES LA MISMA DESDICHA QUE SIEMBRA EN LOS DEMÁS

La amargura suele ser en muchos casos una forma de depresión encubierta donde la persona se focaliza casi en exclusiva en el mundo exterior. El mundo del amargado está lleno de ventanas a través de las que ve solo injusticia, desde donde gusta asomarse para volcar su rencor, su melodía amarga y  sus sentimientos pesimistas. El amargado quiere cautivos, pero también clama ayuda.

Seguro que, ahora mismo, muchos de nosotros tenemos en mente a más de una persona cercana que, por momentos, nos puede dar la sensación de tener una inclinación placentera por amargarnos la vida con sus razonamientos, consejos y comportamientos. Sin embargo, la realidad suele ser muy lejana a este supuesto placer -inferido de la frecuencia con la que lo repiten-, lo cierto es que no dejan de ser personas infelices.

La amargura y el rencor son anclas que siempre quieren cautivos, porque sus barcos quedaron varados y perdidos en una deriva donde antes hubo felicidad y ahora, solo quedan tristezas no afrontadas.

El amargado siente, por encima de todo, que ha perdido el control de su vida. Estamos ante un estado tan derrotista que la persona, sencillamente, deja de ser responsable de sí misma. Asume el papel de víctima y se deja llevar. Es, pues, necesario saber intuir y aportar estrategias para ayudar, porque a pesar de que nos incomoden estas conductas, estamos ante alguien que necesita ser ayudado.

El amargado y las raíces de la amargura

Nadie viene al mundo con el corazón habitado por la amargura. Aunque en ocasiones, la infancia es un escenario idóneo donde más de uno empieza ya a descubrir cómo se gesta y a qué sabe esta sensación. Una comunicación poco afectiva o una crianza sin cariño pueden abrir ya a una edad temprana la tierra, permitiendo que en el corazón arraiguen esas raíces que tendrán como fruto esas sombras que moran en el alma del amargado.

La amargura es una semilla que se siembra y que no suele germinar al instante. Su presencia, al principio, es silenciosa. Una decepción duele, pero no nos cambia, dos nos hacen pensar, pero cuando alguien acumula demasiadas piedras en el camino y hace una atribución claramente negativa de su existencia, deja de sentir que tiene control sobre su vida. Entonces las semillas germinan… y nos enferman.

Un dato que también deberíamos tener en cuenta es el relativo a la clásica imagen del “anciano amargado”. Todos hemos conocido a ese abuelo o abuela que reacciona con apatía, que anticipa cosas negativas, y que tanto rencor parece tener sobre el mundo y la propia vida. Tal y como nos explican en la revista “Health Psychology“, todo ello son, en la mayoría de los casos, indicadores de una depresión subyacente. Es importante tenerlo en cuenta.

La amargura y el entumecimiento emocional

A menudo se describe a la amargura como el clásico comportamiento “tóxico“. Estamos acostumbrados a utilizar la etiqueta de “toxicidad” muy a la ligera, casi con la necesidad de ponernos una máscara y alejarnos rápidamente sin tener en cuenta a la persona y su realidad personal; su cárcel emocional. No es lo adecuado. No al menos en lo que se refiere a la amargura.

La persona que no está en paz consigo misma estará en guerra con todo el mundo.

Como ya hemos indicado anteriormente la persona amargada no nace, se hace con el tiempo y a raíz de diversas situaciones que no han sido gestionadas, y que en un momento dado, han superado a la propia persona. No hay que abandonarlas, no hay que dejarlas a la deriva en este entumecimiento emocional. Sabemos que un cerebro amargado -deprimido- no pasa de la noche a la mañana a ser un cerebro feliz, pero nunca está de más conocer unos consejos básicos.

Cómo cambiar la actitud de un amargado

Tal y como hemos señalado a lo largo del artículo, en ocasiones, la amargura es un indicador de una depresión. Por ello, es importante animar a la persona a que acuda a un profesional de la salud para que valore su estado. Es un primer paso necesario y esencial. Más tarde, podemos poner en práctica lo siguiente.

Haz uso de la compasión y el optimismo. Sabemos que el amargado desea atraparnos con su cinismo, con su rencor y fatalismo. Sin embargo, lejos de claudicar es preciso no variar nunca nuestra actitud siendo capaces de responder a su negatividad con optimismo.

No personalices sus ataques, sé paciente. Quien habla no es el corazón de la persona, es la raíz de su amargura y sus decepciones no gestionadas, sus traumas no asimilados, sus vacíos no comprendidos. Guarda la calma y responde siempre con la voz de la cercanía, de la amabilidad más serena.

Invita al amargado a adquirir nuevos hábitos. La amargura es pasiva, corrosiva y se alimenta de los pensamientos de la persona. Una forma de “romper” ese ciclo de negatividad es intentando que la persona cambie de costumbres, que adopte nuevos hábitos, que transite por otros escenarios. Así pues, sin presionar, basta con sugerirles que salgan a caminar, a hacer deporte, que se apunten a algún curso, que conozcan a otras personas…

La persona que no está en paz con su corazón, con su pasado y con sus pensamientos, estará en guerra con todos aquellos que le rodeen. Permite que hallen ese equilibrio, esa llave para sanar sus heridas y encontrar la calma a sus batallas internas. Es necesario prestarles ayuda, pero cuidando a la vez de nuestros propios límites y sin descuidar nuestra autoestima.


Fuente: https://lamenteesmaravillosa.com/la-tristeza-del-amargado-es-la-misma-tristeza-que-siembra-en-los-demas/