lunes, 24 de abril de 2017

¿QUÉ SIGNIFICA ESTAR EN LA VIDA?

Hace tiempo que siento ganas de escribir acerca del significado de “estar en la vida”. La vida es una fuerza arrolladora, sublime y sabia, muy sabia. Todas las personas, las situaciones, las condiciones que componen nuestra vida, por bellas o dolorosas que puedan resultar, son todas expresiones de esta fuerza superior. Se manifiestan en nuestro día a día y hablan de la realidad de cada uno como individuo.

Es muy habitual entre conocidos escuchar frases del tipo: “no me gusta nada mi vida”, “si pudiera, cambiaría por completo mi vida”, “mi vida es un desastre…”, o incluso el pensamiento decadente y repetitivo, “no sé qué hago aquí, me quiero morir”.

Querer cambiar la vida y suplantarla por un destino más favorable y ligero, es sencillamente ponerse por encima de la vida, es faltar el respeto a un orden superior. Negando y rechazando todo lo que no nos gusta de nuestra realidad, es como perdemos la conexión con la realidad, y como nos construimos una imagen mental acerca de cómo debería ser.

Éste es el caldo de cultivo para la insatisfacción, la amargura y la frustración, porque jamás lograremos acercarnos a esa idea de perfección que nuestra mente recrea una y otra vez.

Sin embargo mirar cada elemento de mi vida con los ojos de la aceptación, diciendo sí a su expresión, aunque mi mente no pueda entenderlo, es darle la posibilidad de que avance hacia su transformación.

Estar en la vida es renunciar a luchar contra la vida, es ponerse en conexión con algo más grande y superior a mí. Es mirarla de frente, sonreírla y abrirse a lo que para mí tenga preparado. ¿Pero sonreímos a nuestra vida? ¿Qué cara le pongo a mi vida?

Nuestra existencia, que se expresa en el tiempo limitado al que llamamos vida aquí en la Tierra, es la gran oportunidad de crecer y evolucionar. Sabemos que un día vinimos a trazar nuestro camino, único, personal, auténtico, incomparable. Y sabemos también que en ese viaje, si nos lo proponemos y estamos despiertos, iremos poco a poco recordando verdaderamente quiénes somos.

Atravesar por situaciones difíciles o por situaciones favorables es tan sólo experimentar. Y sin experiencia no hay vida, no hay evolución. Nos cuesta experimentar todavía; preferimos teorizar acerca de cómo el mundo o nuestra vida podrían ser mejores. Pasamos de puntillas por nuestra realidad, pero tenemos la habilidad de ver en los demás aquello que refleja lo que quizá podríamos empezar a mirar y abrazar en nosotros.

Cuando aprendemos desde nuestro interior a iniciar un movimiento honesto de aceptación de todo tal cual es, impulsamos un cambio. Así es como nos ponemos en sintonía con algo más grande, que nos supera y a la vez nos sostiene. ¿Acaso podemos siquiera imaginar de qué se trata? Quizá un campo energético inabarcable, poblado de profundo silencio.

Solamente podemos referirnos a ello como un misterio. Entonces, ¿cómo puedo creerme con el derecho arrogante de reivindicar lo que creo que es mejor para mí?

Esto lo saben bien quienes se han visto al borde de la muerte. Aquellas personas que han recibido un diagnóstico duro por enfermedad, cuando han podido asentir desde su corazón y entregarse a algo más grande, es decir, cuando han podido aceptar que se iban a morir, paradójicamente han experimentado una mejoría en su efermedad. Se produce una comprensión a nivel profundo de todo tal cual es, sin negarlo ni evadirlo, sino acogiéndolo incondicionalmente. Y así es como nos entrenamos para “estar en la vida”, desgraciadamente, muchas veces aprendiendo a soltar la materia y el cuerpo, es decir, aprendiendo a morir.

Pero a morir también se aprende en vida, cuando nos proponemos decir adiós a las cosas, a las personas, a determinados hábitos y creencias, es decir, cuando podemos soltar sin miedo ni culpa.

La vida sabe, la vida guía, la vida habla, y yo no sé absolutamente nada ni estoy en condiciones de controlar los acontecimientos. Cualquier intento en esta dirección solamente conduce al sufrimiento. Todo cuanto he venido a hacer es entregarme a la experiencia de estar vivo.

Así pues, estar en la vida es atreverse a experimentar en primera persona, aceptando cada parte del camino, valorando y agradeciendo cada paso, acogiendo por igual mis luces y mis sombras.

En el momento en que me conecto internamente a las circunstancias de mi vida tal cual son, sin querer convertirlas en otra cosa, entonces tomo la fuerza para dinamizarme por dentro, si es que necesito dar un paso más. No es que me aguante o resista lo que me haya tocado vivir por castigo divino, karma o por avatares de la vida, lo cual me puede conducir a la inacción y la resignación, sino que me abro a concebir una realidad más amplia, que es lo que me está esperando, y empiezo a encontrar las herramientas, la energía y los recursos para seguir caminando más ligero, más alegre, más sabio, más radiante, en definitiva, más vivo, hacia delante.

Noelia Román Barrero
Profesora de Yoga titulada por la AEPY y la UEY
Maestra de Registros Akáshicos
Numerología Kármica Personal


Fuente: https://www.espaciohumano.com/index.php/component/content/article/98-menu-top/contenidos/sentir/1463-que-significa-estar-en-la-vida


martes, 18 de abril de 2017

LA MALA COSTUMBRE

La mayoría de nosotros vive pensando que esto será eterno. Que somos inmortales y que las desgracias solo le pasan al de al lado. Vivimos inmersos en una ignorancia que nos hace débiles y solo lamentamos lo ocurrido cuando ya es demasiado tarde.

Y es que…

Tenemos la mala costumbre de dejar para luego, de reír poco y de querer hacerlo mañana. Tenemos la mala costumbre de echar de menos, en lugar de hacerlo de más. La mala costumbre de usar los luegos y no los ahoras. Luego te llamo, luego te escribo, luego te contesto, luego nos vemos. Y obviamente nunca llamó, nunca escribió, nunca contestó y nunca fue visto. Tenemos la mala costumbre de querer tarde. De valorar tarde. De pedir perdón demasiado pronto. Debería haber un número máximo de perdones. Perdonar nos hace grandes, de acuerdo, pero cuando tienes que perdonar todos los días, al final un lo siento se convierte en el comodín de cualquier pretexto injustificado, innecesario e inmerecido.

Tenemos la mala costumbre de defender al malo y descuidar al bueno. De contar mentiras tra la rá y de tener que hacer un máster para descubrir verdades. Mantenemos en nuestra vida “amigos” porque sí y llenamos nuestras agendas de compromisos a los que realmente no queremos ir. Tenemos la mala costumbre de sentirnos mal por decir no y de creernos mejores por decir si.

Tenemos la mala costumbre de esperar a un cáncer, a una mala noticia o a una llamada de que alguien querido se nos fue, para tomar las riendas de nuestra vida y empezar a apreciar cada puesta de sol, cada mañana que te levantas de la cama y cada luna que abrazas en tu almohada. Tenemos la mala costumbre de usar el descuido a diario, olvidando que los pequeños detalles importan, que los pequeños detalles construyen grandes caminos y que cada lunes, puede ser el mejor día de la semana. Tenemos la mala costumbre de quejarnos por todo, de culpar siempre al otro porque claro, tú eres un ser perfecto y nunca, nunca, haces nada. Siempre es la parte contraria. Decimos muy pocos te quieros y hacerlo por primera vez es como “buf que va, no vaya a ser que se asuste”. ¿Asustarse de qué? ¿Cómo una persona puede asustarse porque alguien le quiera?.

Asústate si algún día te vas a la cama sin sentir que quieres a otra persona.

Asústate el día que te vayas a dormir sin decirle a esa persona lo importante que es para ti.

Asústate cuando no le des besos a tu madre y a tu padre.

Asústate cuando seas incapaz de abrazar a alguien y sentir esa sensación tan extraordinaria que producen los abrazos.

Asústate cuando las defensas de tu cuerpo se hayan vuelto inmunes al dolor ajeno.

Y cuando veas una injusticia y no hagas absolutamente nada para remediarlo.

Asústate cuando pases un solo día sin ayudar a alguien.

Asústate de verdad, porque créeme. Estás muerto.

Y es que…

Tenemos la mala costumbre de trabajar demasiado, de cargar con una mochila llena de cosas innecesarias y de comer más de lo que nuestro cuerpo necesita. Tenemos la mala costumbre de creernos mejores que los demás, de bailar poco, fumar mucho y respirar a medias. Tenemos la mala costumbre de ir caminando por las calles de nuestra ciudad mirando al suelo, o a nuestro teléfono móvil. ¿Alguna vez te has dado cuenta de lo bonitos que son los edificios de esas calles por las que pasas a diario? Por no hablar de la luz de las estrellas.

Tenemos la mala costumbre de empezar el gimnasio la semana que viene. De cuidarnos cuando ya es demasiado tarde y de tomar vitaminas cuando estamos enfermos. Tenemos la mala costumbre de creer que el pelo de aquella es mejor que el nuestro. Que su suerte es nuestra desdicha y de compararnos como si fuésemos presa de alguien que busca en comparadores de Internet. Tenemos la mala costumbre de medirnos por nuestros estudios o por nuestra altura. De confundir la belleza con la delgadez y de creernos que no somos capaces de conseguirlo, porque alguien una vez así, nos lo hizo creer. Y no fue nadie más que tú mismo.

Tenemos la mala costumbre de apuntarnos a clases de idiomas, cuando ni siquiera dominamos el nuestro. De querer conocer mundo y viajar lo más lejos posible cuando aún, nos quedan lugares maravillosos por descubrir en nuestra propia tierra. Tenemos la mala costumbre de comer animales, de contaminar el mundo y de lavar la ropa en vez de nuestras conciencias. Tenemos la mala costumbre de escuchar poco y hablar demasiado. De dar consejos y juicios de valor sin ser conscientes del poder que pueden llegar a tener nuestras palabras. Dejamos demasiado pronto y tenemos muy poca paciencia. Objetos de usar y tirar, sin importarnos lo más mínimo su destino. Tenemos la mala costumbre de creernos que lo sabemos todo. Cuando realmente, no tenemos idea de nada.

Wasapeamos mucho,

dormimos demasiado

y follamos poco.

Nos pasamos media vida o vida entera, soñando esa vida perfecta que nos gustaría tener. Cuando somos ajenos a que realmente la vida perfecta es ahora. Es cada momento, cada instante de los segundos que marca el reloj de tus días. Es cada oportunidad, cada sonrisa, cada beso y cada vez que te enamoras. ¡ENAMORÉMONOS TODOS LOS DÍAS DE NUESTRA VIDA! No pongas barreras a tu corazón y deja los prejuicios para aquellos que llevan el cartel de cobarde escrito en tinta permanente. Ni con disolvente se va.

Empieza a acostumbrarte a esta vida que a veces es dura. Terriblemente dura. Pero no te lamentes ni te vayas nunca a la cama habiendo hecho daño alguien. Habiendo dejado para luego esos ahoras que nunca llegaron. No habiendo cumplido ese sueño que tanto querías, no habiendo hecho unos kilómetros de más ese día porque tu cuerpo estaba cansado. No permitas que alguien fallezca para luego recordarlo y decirle mirando su foto, cuánto le querías. No dejes que la rutina o la sensación de eternidad descuide lo verdaderamente importante de tu vida.

En definitiva, no dejes que la mala costumbre sea la invitada de honor en los días que te quedan por vivir a partir de hoy.

Quiere ahora, no mañana.


Fuente: https://elrincondefloricienta.com/2014/03/21/la-mala-costumbre/