martes, 31 de marzo de 2015


SEIS PRINCIPIOS DE LA MEDICINA FUNCIONAL INTEGRATIVA


Es una nueva ciencia que postula que la salud no debe ser sólo ausencia de enfermedad, sino vitalidad positiva. Teniendo en cuenta la integración de cuerpo, mente y espíritu, se propone como un nuevo paradigna en el tratamiento de enfermedades crónicas.

Una de cada dos personas en los países desarrollados sufre de enfermedades crónicas, lo cual representa el 80% del costo en salud. Por supuesto que esto es significativo pero más impactante es el costo individual de aquel que sufre, que es inconmensurable. ¿Cómo podemos cuantificar el dolor y sufrimiento de aquellos que amamos, la tristeza de perder nuestra calidad de vida?

Esta es una de las preguntas que se hace la Medicina Funcional-Integrativa, una ciencia nueva dedicada a prevenir y revertir enfermedades, entendiendo cómo nuestros genes marcan nuestra individualidad y todos los factores que intervienen para ser los seres únicos que somos.

Cuando hablamos de Medicina Funcional primero tenemos que resaltar el concepto de Pensamiento Funcional. ¿Qué significa esto? Significa estar ante un nuevo paradigma en Medicina donde necesitamos abandonar el pensamiento convencional, el cual nos dice que tenemos que tratar un síntoma con una droga.

Se trata de incorporar conceptos nuevos y al mismo tiempo abandonar conocimientos viejos, lo más parecido a desaprender algunas cosas. En este proceso es necesario entender cuáles son las causas de la enfermedad para poder restaurar la función en lugar del mero alivio de los síntomas y para darle paso a conocimientos de avanzada que nos permitan dilucidar el laberinto de la enfermedad crónica.

Se trata de incorporar conceptos nuevos y al mismo tiempo abandonar conocimientos viejos, lo más parecido a desaprender algunas cosas.
            
A pesar de los innovadores tratamientos y sofisticados procedimientos, la rápida diseminación de esta epidemia de enfermedades crónicas ha comprometido la efectividad del sistema de salud de muchos países contribuyendo a la bancarrota de economías nacionales y globales.

La respuesta a esta paradoja debería ser obvia para todos nosotros: lo que estamos haciendo no está funcionando.

El modelo médico actual está enfocado al tratamiento de enfermedades agudas, y su objetivo es encontrar una píldora a cada enfermedad. Si bien puede resultar efectivo en los casos agudos, no funciona cuando de enfermedades crónicas se trata.

¿Qué entendemos por enfermedades crónicas? Son aquellas que no se curan, que empeoran con el tiempo, desencadenadas por múltiples causas. Dentro de las más comunes podemos mencionar: diabetes tipo 2, enfermedades autoinmunes como artritis reumatoidea, osteoporosis, asma, depresión, autismo, hipertensión, demencia, etc.

Como está planteado, tendríamos que acostumbrarnos a convivir con ellas, una propuesta muy costosa en términos monetarios y de nuestra salud, donde la única alternativa es una camino direccionado a una vejez frágil, no saludable e invirtiendo nuestro tiempo visitando al médico y tomando remedios.

Si bien estas enfermedades no nos acortan la vida, nos imponen una carga de dolor y limitación que nos resta calidad de vida y nos impide disfrutar de una longevidad extendida en su total dimensión.

Esto no debe suceder. La ciencia médica cuenta en la actualidad con herramientas revolucionarias para evitar esta colisión con enfermedades debilitantes. Si no podemos entender las causan que nos enferman, no podemos encontrar la solución, y es en esa búsqueda en donde la Medicina Funcional-Integrativa juega un rol protagónico y abre nuevos caminos.

Cuáles son sus principios

1 - Cuidado centrado en el paciente y no en la enfermedad.

2 - Identificación de la salud como vitalidad positiva y no sólo la ausencia de enfermedad.

3 - Individualidad bioquímica.

4 - Balance dinámico entre factores externos e internos (factores genéticos, ambientales, etc.).

5 - Considerar al individuo en su totalidad: interacción cuerpo, mente y espíritu para un completo abordaje.

6 - Promover no sólo el incremento del tiempo de vida sino el tiempo de vida con óptima salud.

Todos los cambios de paradigma son difíciles y las nuevas ideas suelen encontrar muchos detractores, especialmente cuando nos sacan de la zona de confort que venimos transitando. Pero llegó el momento en que es necesaria una transformación radical que conduzca a una vida saludable verdadera.

Se debe trabajar profundamente en que los pacientes entiendan cómo los estilos de vida, la dieta y el medio ambiente influyen en nuestra expresión genética y determinan cómo nos vemos, actuamos y sentimos, haciéndolos parte de esta transformación en el cuidado de la salud.

Así es que no hay un tratamiento único sino múltiples opciones según las necesidades individuales de cada paciente. Se debe trabajar en la motivación y compromiso de quien busca una solución para sus dolencias, poniendo especial énfasis en la importancia de los cambios de estilos de vida.

Si cambiamos nuestros estilos de vida en determinada manera podemos restaurar el balance en nuestro organismo y de esta forma afectar positivamente nuestro patrón de salud o enfermedad.

Nuestro genoma humano es muy particular y se distingue por sus habilidades específicas escritas en nuestro libro de vida. Lo que podemos hacer es ajustar nuestro estilo de vida, dieta y medio ambiente para aumentar este potencial tan único. No hay una mejor o peor genética, lo único superior es el estilo de vida.

Si nos proponemos para el siglo XXI un modelo médico de calidad debemos reconocer y validar modelos clínicos más efectivos y exitosos. Una forma de hacerlo es poner énfasis en la educación médica, capacitando a los profesionales en la prevención y tratamiento de enfermedades crónicas y creando en la población conciencia de todo lo que podemos hacer para mejorar nuestra salud.


* La Dra. Sandra Molocznik fue formada en esta disciplina en los Estados Unidos y es fundadora de Integrative Health en Argentina.







domingo, 29 de marzo de 2015


LAS VERDADES DEL AMOR

“El que aprende y aprende y no practica lo que sabe,
es como el que ara y ara y no siembra”
Platón

La idealización del amor es un recurso que han empleado poetas, pintores y músicos desde hace varios siglos. De ahí que se hayan construido un conjunto de mitos que circulan actualmente y a los que muchos atienden, sin detenerse a pensar concienzudamente si son o no son válidos.

La dificultad estriba en que las personas pueden construir expectativas demasiado elevadas. En esa medida, ninguna realidad estará a la altura de lo que sueñan y esperan. Por eso una y otra vez se sentirán desilusionados con la realidad y les resultará difícil construir vínculos genuinos de amor con otros.

A continuación ahondaremos un poco sobre otros grupos de creencias o mitos sobre el romanticismo y el amor.

El amor como totalidad

El amor idealizado por el romanticismo se convierte en el centro del universo personal. Es el sumum del bien y el punto hacia donde conducen todos los caminos de la vida; representa la redención, la salvación o la culminación de todos los anhelos.

Es frecuente la alusión a la idea de que alguien solo será feliz si encuentra y mantiene una pareja. También se dice que el amor y supone grandes sacrificios y privaciones, en función de mantener la relación a toda costa. Todo el ser debe estar comprometido en la pareja. No puede haber secretos, ni restricciones.

La realidad nos demuestra otra cosa. Esas entregas absolutas, en donde todo gira en torno a la pareja, tienen que ver más con la neurosis que con el amor como tal.

El ser humano tiene múltiples dimensiones y no todas pueden ser compartidas con nuestro acompañante. Hay muchas situaciones y personas en la vida que nos llevan a instantes de felicidad, no solamente el amor romántico tiene esa virtud.

También hay esferas personales que consideramos privadas. Son esos espacios que nos gusta reservarnos para nosotros mismos. Forman parte de nuestro proceso de autoconocimiento, de nuestra exploración individual, de nuestra vida. Y no es desleal dejar de compartirlas con la pareja. Tampoco es egoísmo. Se trata simplemente de un mecanismo para preservar nuestra individualidad.

El mito de la posesión sobre el otro

Comprende un conjunto de ideas en las que nuevamente se reitera la creencia de que el amor de pareja es una totalidad arrasadora en la que no hay lugar para la individualidad. Se plantea, por ejemplo, que todo amor verdadero, necesariamente debe conducir al matrimonio o, en todo caso, a una convivencia perdurable.

También se asegura que los celos son una pasión absolutamente legítima. Incluso, hay quien llega a afirmar que se trata de una de las señales inequívocas del amor: si te quiere, te cela. En contrapartida, la infidelidad equivale a toda una hecatombe; la infidelidad es una prueba definitiva de falta de amor, un obstáculo insalvable, una ofensa de muerte.

Nuevamente aquí la realidad nos muestra que las cosas no son exactamente como las plantean los románticos. No hay manera de garantizar que un amor verdadero terminará en una unión estable que jamás se quiebre con los años. El amor no es un sentimiento estático y a diario vemos matrimonios que se mantienen sin amor, o relaciones que se rompen aún si hay un gran afecto de ambas partes.

También sabemos que la infidelidad existe y que se da incluso en parejas que están muy enamoradas. No depende necesariamente de la falta de amor, sino que muchas veces tiene que ver más con las inseguridades o los vacíos personales, que con fallos en la relación.


Por todo esto, se puede concluir que probablemente seríamos mucho más felices si renunciáramos a creer en esos mitos del romanticismo. Eso nos permitiría valorar mejor la realidad y, tal vez así, dejaríamos de anhelar lo que no existe y podríamos disfrutar plenamente de lo que verdaderamente podemos esperar del amor.

Fuente: http://lamenteesmaravillosa.com/las-verdades-del-amor/


sábado, 28 de marzo de 2015


DE LOS BASTONES Y LAS REGLAS

En el otoño de 2003, estaba paseando en plena noche por el centro de Estocolmo, cuando vi a una señora que caminaba ayudándose con bastones de esquiar. Mi primera reacción fue atribuir aquello a alguna lesión que había sufrido, pero me di cuenta de que andaba deprisa, con movimientos acompasados, como si estuviera en mitad de la nieve; sólo que todo a nuestro alrededor era el asfalto de las calles. La conclusión obvia fue: “esta señora está loca, ¿cómo puede pretender que está esquiando en una ciudad?”

De vuelta en el hotel, le comenté el hecho a mi editor. Él dijo que el loco era yo: lo que había visto era un tipo de ejercicio conocido como “caminata nórdica” (nordic walking). Según él, además de los movimientos de las piernas, se trabajan de este modo también los brazos, los hombros, los músculos de la espalda, lo que permite un ejercicio mucho más completo.

Mi intención al caminar (que, junto con el tiro con arco y flecha, es mi pasatiempo favorito) es poder reflexionar, pensar, ver las maravillas que hay a mi alrededor, conversar con mi mujer mientras paseamos. Me pareció interesante el comentario de mi editor, pero no le presté mayor atención.

Cierto día, estaba en una tienda de deportes para comprar material para las flechas, cuando vi un nuevo tipo de bastones utilizados por los montañistas, unos bastones ligeros, de aluminio, que se pueden abrir o cerrar, mediante el sistema telescópico de un trípode fotográfico. Me acordé de la “caminata nórdica”: ¿por qué no probarlo? Compré dos pares, para mí y para mi mujer. Regulamos los bastones para una altura cómoda, y al día siguiente decidimos utilizarlos.

¡Fue un descubrimiento fantástico! Subimos y bajamos una montaña, sintiendo que verdaderamente todo el cuerpo estaba en movimiento, que el equilibrio era mejor, y que nos cansábamos menos. Caminamos el doble de la distancia que siempre cubríamos en una hora. Recordé que en cierta ocasión había intentado explorar un riachuelo seco, pero las dificultades que presentaban las piedras del lecho eran tan grandes que desistí de la idea. Pensé que con los bastones sería mucho más fácil, y estaba en lo cierto.

Mi mujer entró en internet y descubrió que quemaba un 46% más de calorías que en una caminata normal. Se entusiasmó, y la “caminata nórdica” pasó a formar parte de nuestra rutina diaria.

Una tarde, para distraerme, decidí yo también entrar en internet y ver qué había allí sobre el asunto. Me llevé un susto: había páginas y más páginas, federaciones, grupos, discusiones, modelos y... reglas.

No sé qué es lo que me empujó a entrar en la página sobre las reglas. A medida que iba leyendo, me horrorizaba: ¡lo estaba haciendo todo mal! Mis bastones tenían que estar regulados a una altura mayor, tenían que obedecer determinado ritmo, determinado ángulo de apoyo, el movimiento del hombro era complejo, existía una manera diferente de usar el codo, todo seguía preceptos rígidos, técnicos, exactos.

Imprimí todas las páginas. Al día siguiente, y los que siguieron, intenté hacer exactamente aquello que mandaban los especialistas. La caminata empezó a perder interés, ya no veía las maravillas a mi alrededor, conversaba poco con mi mujer, no conseguía pensar en nada más que las reglas. Al cabo de una semana, me hice una pregunta: ¿por qué estoy aprendiendo todo esto?

Mi objetivo no es hacer gimnasia. No creo que las personas que empezaron a hacer su “caminata nórdica”, pensaran en nada más que en el placer de andar, de aumentar el equilibrio y mover todo el cuerpo. Intuitivamente sabíamos cuál era la altura ideal del bastón, como también intuitivamente podíamos deducir que cuanto más cerca estuviesen del cuerpo, mejor y más sencillo sería el movimiento. Pero ahora, por culpa de las reglas, había dejado de concentrarme en las cosas que me gustan, y estaba más preocupado por perder calorías, mover los músculos y usar cierta parte de la columna.

Decidí olvidar todo lo que había aprendido. Ahora caminamos con nuestros dos bastones, disfrutando del mundo a nuestro alrededor, sintiendo la alegría de ver cuánto exigimos a nuestro cuerpo, cómo lo movemos, lo equilibramos. Y si quisiera hacer gimnasia en lugar de “meditación en movimiento”, me buscaría una academia. De momento, estoy satisfecho con mi “caminata nórdica” relajada, instintiva, aunque quizá no esté perdiendo un 46% más de calorías.

No sé por qué el ser humano tiene esta manía de ponerle reglas a todo.

Paulo Coelho



"A veces, lo que te detiene está solo en tu mente".